¿Y si la incomodidad que sientes es solo una señal de que estás lista para un nuevo comienzo?

A todas las mujeres, en algún momento de la vida, nos pasa que sentimos un vacío, una inquietud, una necesidad de cambio... pero no siempre podemos poner en palabras lo que exactamente nos sucede. No sabemos si lo que buscamos es un nuevo inicio, otra relación, más amor, más compasión, más libertad, paz interior o simplemente volver a sentirnos vivas.

Sí, quizá lo que habíamos creído sobre el trabajo, las relaciones, el matrimonio, el amor o el dinero no es precisamente lo que estamos viviendo. O quizá habíamos pensado que todo estaba bien, pero ahora sentimos que ya nada es suficiente.

La verdad es que no hay nada mal con nosotras. Esa incomodidad es una señal: estamos listas para escribir un nuevo capítulo en nuestra vida.

Pensamos que la segunda etapa de la vida está marcada por la edad, pero no es así. Está marcada por el deseo de transformarnos, de vivir con más conciencia, profundidad y sentido. Es ese momento en el que ya no queremos seguir sobreviviendo, ni cumpliendo con lo que se espera de nosotras o con lo que la sociedad marca como "lo ideal". Queremos vivir con autenticidad.

Sentimos que algo está cambiando, aunque no tengamos del todo claro qué. Solo sabemos que ya no queremos lo mismo. Y aunque eso puede dar miedo, también es una puerta. Una puerta que nos invita a reconectar con nosotras mismas.

Recuerdo el momento en que, junto a mi esposo, adquirimos una acción en un prestigioso club deportivo. Él practicaba varios deportes; yo, ninguno. Teníamos dos hijos pequeños, y yo sentía que no podía dejar el rol de madre ni por un segundo, eso era lo que se esperaba de las mujeres. Pero algo en mí despertó: me di cuenta de que podía hacer cosas por mí, además de ser la madre de mis hijos. Podía dedicarles tiempo de calidad a ellos y también tomarme un momento para dedicarme a mí.

Así empecé a tomar clases de golf y tenis, pensando en compartir los deportes con mi esposo. Sin embargo, no tardé en descubrir que esas actividades eran parte de su mundo de calidad personal, y que yo necesitaba construir el mío. Fue un tema completamente nuevo para mí, porque tenía la creencia de que al casarse, una debía compartirlo todo con su pareja y hacerlo todo juntos, la verdad es que no tenía un mundo de calidad personal.

No voy a negar que, en ese momento, pensé que me había equivocado de rumbo. Culpé a mi esposo por no querer compartir conmigo, por tener su propio espacio sin incluirme. Sin embargo descubrí un mundo lleno de oportunidades. Después de esos, empecé muchos otros deportes y actividades, cada una era más reveladora que la otra; sobre lo que yo soy capaz, lo que es posible. No digo que ya terminé, aún me falta mucho por descubrir, pero mi mundo personal ahora me hace sentir feliz y completa.

Y creo que eso es algo que nos pasa a muchas mujeres: cuando sentimos ese vacío, tendemos a culpar a los demás. Culpamos a la pareja que "no funciona", al trabajo que no nos complace, al dinero que nunca parece suficiente... Pero en realidad, lo que está pasando es que nuestro mundo de calidad interior está incompleto. Y eso no se resuelve cambiando a los otros, sino volviendo a nosotras.

No se trata de cambiar de pareja, de trabajo o de país esperando que eso nos llene. Porque si nuestro mundo interior no cambia, si no aprendemos a sentirnos completas aquí y ahora, nada afuera será suficiente.

Se trata de cambiar nuestra mirada, nuestra forma de pensar, y sobre todo, nuestras actitudes. Solo cuando comenzamos a construir un mundo de calidad desde adentro - con autenticidad, presencia y propósito—, podemos experimentar esa sensación real de plenitud.

Considero que de eso se trata la segunda etapa de la vida...

No de hacer grandes cambios de un día para otro, sino de empezar a escuchar esa voz interior que antes acallábamos. No de buscar afuera respuestas urgentes, sino de reconectar con lo que siempre ha estado dentro: nuestra capacidad de sentirnos vivas, en paz y completas. Porque el bienestar no es la ausencia de problemas, sino la capacidad de caminar por la vida con autenticidad, conciencia, propósito y equilibrio. Y ese camino empieza cuando nos atrevemos a ver la realidad tal como es, a sentir lo que sentimos, y a abrirnos —sin juicio— al nuevo capítulo que está por comenzar.

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